De pronto el mundo se detuvo, dejó de girar en el minuto 40. Así, sin más, paró de golpe.
Por tanto tiempo había girado sin parar de forma tan brusca que, cuando dejó de hacerlo, todo estaba en el suelo hecho añicos.
Nada que no estuviera anclado al piso se mantuvo de pie. Ni siquiera yo.
Al frenar, mi mundo se sacudió por dentro y por fuera... desde el núcleo hasta el aire, los recuerdos, los pensamientos, las ideas, los sueños. Todo directo al piso, roto, empolvado, desquebrajado.
Aunque uno haya vivido toda su vida aquí, cuando se está en el suelo, desorientado, sorprendido, inmóvil, las dimensiones parecen diferentes, el entorno pareciera agrandarse y achicarse al mismo tiempo.
Nada en que apoyarse, nadie a quien pedir ayuda.
Lo único que queda es la sensación de movimiento, como cuando se pisa tierra por primera vez luego de hacerse a la mar -o después de asirse al amar-.
Esa sensación de estar a merced del vaivén caprichoso de un cuerpo de agua, dulce, salada, agria, natural o artificial, da igual. Con la sensación remanente llega el asco, el miedo constante a dar un paso en falso, tropezar y volver a caer.
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