En mi cumpleaños me regaló nada, nada material, nada simbólico, nada de amor, nada de nada. Sin embargo, me regaló todo. Me regaló la hoja en limpio, el canvas en blanco absoluto, me regaló mi libertad, mil y una posibilidades por vivir.
Me recordó la felicidad como la oscuridad nos recuerda los destellos de luz. Su falta de interés, más que evocarme nuestro pasado, me recordó que tengo un futuro en el que sí valgo... me acordé de lo mucho que me intereso y lo poco que me he procurado.
Si algo que se supone debe nutrir y nada aporta, no es la inocuidad lo que prevalece, es la inanición. Un amor acabado, debilitado, desnutrido, enfermizo, mustio, decadente, pálido, propenso al desmayo, casi al borde de la muerte.
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